entre las risas prietas,
hay dos tristes iniciales
con restos de aquella urgencia,
de aquel susto soberano
que escribimos en las piedras
Por si tú quieres. Te sugiero algo sobre un libro. Te sugiero que me sugieras otro. Te sugiero volvernos librescos, o simplemente leer. Te sugiero ignorar planes para leer. Te sugiero perdernos entre las páginas de ese mundo caduco y real que es distinto aunque lo caminemos juntos. Te sugi...
entre las risas prietas,
hay dos tristes iniciales
con restos de aquella urgencia,
de aquel susto soberano
que escribimos en las piedras
Mis bolsillos más tiernos siempre
con un roto de pana oscura en el fondo
abultaban escasos de empeños.
Ha cumplido la hora, y en el plazo previsto rindo mis deseos desde este lado de las colinas ignominiosas, desde sus musgos cenicientos te brindo este gesto para decirte, tuya es la cosecha, tuyo todo aquello que sembré en la nada y, por miedo, aré en el viento.
Y me vencí por la costumbre
de los años a aplaudir derrotas.
Sin el beso que concluye los cuentos.
César Valle
SONETO ESCASO
Mica la piedra se llama
y, fuera de toda razón,
muestra alegre un corazón
que ni muere ni se inflama.
Y la piedra, que se llama Mica,
en un alarde de emoción,
brinda al cielo la pasión
que a otro nombre suplica.
"Tu nombre, grabado, me pertenece;
yo no te olvidaré jamás,
en mí estás. Tuya, Mica".
… … … …
Tampoco sucederá nada mañana,
ya lo verás. Y tendremos que soportar
otra tarde incandescente en los bordes
de la fecha anodina, que pasa interminable
ante nuestras narices. Y hundiremos
las manos en los bolsillos vacíos
y profundos de la noche. Y volveremos
a asombrarnos con esa moneda
gris, en medio del charco,
que nos ahorra sueños inútiles.
Tampoco sucederá nada mañana,
y te besaré al modo lento
con que adelantamos a los trenes
que caminan a oscuras
por mis sueños sin palabras.
César Valle.
Esta carta, ahora lo sé, debería haber llegado ya a tus manos antes de que se abatieran sobre mi vida los silencios y antes de que se secaran los charcos hurtados a la infancia, pero no lo hizo. La retuvo, estoy seguro, un revuelo de suspiros, hurtados al latido de los vientos. Y si en este momento la juzgan, silenciosa mente, tus pupilas es porque una apremiante memoria te busca desde su fondo para acomodarte en las dimensiones de una descripción exacta. Te definen: una mirada dañada por tanta insistencia en lograr arrepentimientos ajenos; una sordera sobrevenida por los pulsos perdidos en probables recuerdos; la mudez de tus dedos, amantes sinceros y amarillos de todos los despechos, incluidos los innombrables; el color violáceo de la línea de tu sonrisa recién adquirida; el miedo tibio de tus sueños pulcramente recortados; tu pelo recogido; la cintura perdida en un contorno incierto tu blusa que conquista las miradas que no pretendo.
Esta carta, ya lo ves, pertenece a ese desván donde se embotan las caricias y se rinden las sonrisas al incondicional enero. Nunca te llegará, nunca. Pero has de saber que siempre deseó volar de mi mano a tus pechos y hoy, por fin, esto no lo leas ¿Qué te estaba escribiendo?
En esa librería nunca hay libros en catalán, por ejemplo. Y yo no hablo catalán. Nada. Por eso es más inexplicable que en el merodeo de la librería, yo acabara precisamente ante un libro con título en catalán y me decidiera, precisamente, a abrirlo. Pero lo hice, y me engancharon esas palabras en apariencia inocuas:
La fressa va ser mínima. Com si algú acaronés la porta. Es va obrir silenciosamente i una mà enguantada va agafar el pom per dins perquè no fes soroll.
La verdad es que entendí poco, muy poco. O que supuse, más que entendí. Pero aquellas frases me resultaron familiares, antiguas y familiares. Como frases que hubieran dormido en un recoveco de la memoria, resignadas ya a no volver a significar nunca nada. Y despertaron. Despertaron para llevar a mi presencia una realidad que me pertenece, pero de la misma extraña manera que me pertenece el conocimiento atávico que me aportan en la piel o los ojos las herencias de tantos antepasados sin nombre ni historia.
Volví a cerrar el volumen y leí el título Les Veus del Pamano. Y entonces tuve claro que aquello no me sonaba de nada. Ni tampoco conocía a Jaume Cabré que sin duda había encontrado la hebra del hado adecuado que trae los libros indicados al sitio oportuno.
Ahora debo dejar de escribir. No me esperéis durante algún tiempo. Empiezo a leer:
La fressa va ser mínima. Com si algú acaronés…
Yo ya no salgo de noche.
Han cerrado el bar donde
nos encontrábamos. Sí,
ese donde yo te acechaba
madrugadas completas y tú
ignorabas mi presencia.
Yo ya no salgo de noche
a rellenar copas con
tu nombre, a beber
esa voz tuya que jamás
responde. A repasar
labios perlados de vasos
o sorbos incongruentes
de otras conversaciones o
esos abandonos definitivos
que he fingido en mil
ocasiones.
Yo ya no salgo de noche.
Alguna tarde aguardo
donde el reloj, en esa
farola donde paran las
horas y vienen
retrasos y puntualidades
y citas que nunca me reconocen.
Yo ya no salgo de noche
a amar tu quimera,
y borracho de sueño
pronuncio tu nombre,
pronuncio tu nombre,
pronuncio tu nombre
hasta el reverso del mundo
donde suena
en labios de otro hombre.
Sé que me vas a matar cuando te enteres ¡Me vas a matar!. He perdido el recuerdo, el recuerdo de nuestro único beso. Mío fue el primero, ya lo sabes. Y con la pérdida me ha venido la desgracia de olvidar su verdadera importancia. Una desgracia porque ¿Cómo hablaré ahora de eso con nadie? o ¿De qué hablaré si ya no tengo el recuerdo del beso?. Ese beso era el centro de nuestras conversaciones cada vez que nos encontrábamos. Uno, sólo uno, pero tan nombrado, explicado, recordado que casi llegué a componer con él una larga historia de amor, con sus quiebras, con sus adioses, con sus reencuentros. Creo que llegué a exagerar. Y a ti nunca te pareció mal. Me seguías el hilo de esa historia posible. Disfrutabas tanto como yo.
Ahora ya no sé si fue un beso torpe y fugaz o uno de esos, intensos, interminables. No sé si fue robado, furtivo, de encontronazo, o leve, tímido y lento. No sé a qué me supo. No sé, siquiera, si reinventarlo con palabras sacadas de poemas y esquejes de novela sentimental será igual, si me servirá como aquel para que prendan algunos amores más o florezcan otros besos. Con el recuerdo del beso he perdido todo eso, y a ti también. El beso venía unido a tu nombre, que ahora tampoco recuerdo. Por eso te escribo en este papel que dejo aquí, para que lo leas y dejes tu nombre escrito al pie o me llames al número de teléfono que anoto en el reverso.
Si lo lees, como espero, sé que me vas a matar.
De ESTE FILÓN DE DESAMPAROS
PARA ENTRAR ASÍ, SALVAJEMENTE,
Vaya por delante que yo
no soy poeta.
Y sin embargo fui
condenado a la poesía.
¿El cómo…?
Digamos que
a las 8 de una tarde,
(sin anotación en el calendario)
las palabras
del poeta
sonaron suaves
en el rincón más lastimoso
de la sala, justo a mi lado.
Y no las diferencié
de las otras, corrientes,
adecuadas para murmuraciones.
Vaya por delante que yo
no aprecio la poesía.
Sin decirlo, me has preguntado,
poéticamente,
si yo te amo.
Y no puedo responderte que
mi corazón se ha hecho pedazos,
o que mis dedos sólo
padecen
un vocablo obsesionado;
ni que mis ojos,
por la ausencia
de tu sombra,
hace tiempo que cegaron;
o que mis pies han desandado
los rumbos impensables
de muchos deseos impensados.
¡Si yo te amo!
Seguramente, no.
Creo yo que para entrar así,
salvajemente,
en tu pensamiento…
Dime
¿Cuánto durará lo preguntado?
CÉSAR VALLE