martes, 19 de julio de 2011

HASTA EL REVERSO DEL MUNDO

Yo ya no salgo de noche.

Han cerrado el bar donde

nos encontrábamos. Sí,

ese donde yo te acechaba

madrugadas completas y tú

ignorabas mi presencia.

Yo ya no salgo de noche

a rellenar copas con

tu nombre, a beber

esa voz tuya que jamás

responde. A repasar

labios perlados de vasos

o sorbos incongruentes

de otras conversaciones o

esos abandonos definitivos

que he fingido en mil

ocasiones.

Yo ya no salgo de noche.

Alguna tarde aguardo

donde el reloj, en esa

farola donde paran las

horas y vienen

retrasos y puntualidades

y citas que nunca me reconocen.

Yo ya no salgo de noche

a amar tu quimera,

y borracho de sueño

pronuncio tu nombre,

pronuncio tu nombre,

pronuncio tu nombre

hasta el reverso del mundo

donde suena

en labios de otro hombre.

domingo, 17 de julio de 2011

Si lo lees, como espero...

Sé que me vas a matar cuando te enteres ¡Me vas a matar!. He perdido el recuerdo, el recuerdo de nuestro único beso. Mío fue el primero, ya lo sabes. Y con la pérdida me ha venido la desgracia de olvidar su verdadera importancia. Una desgracia porque ¿Cómo hablaré ahora de eso con nadie? o ¿De qué hablaré si ya no tengo el recuerdo del beso?. Ese beso era el centro de nuestras conversaciones cada vez que nos encontrábamos. Uno, sólo uno, pero tan nombrado, explicado, recordado que casi llegué a componer con él una larga historia de amor, con sus quiebras, con sus adioses, con sus reencuentros. Creo que llegué a exagerar. Y a ti nunca te pareció mal. Me seguías el hilo de esa historia posible. Disfrutabas tanto como yo.

Ahora ya no sé si fue un beso torpe y fugaz o uno de esos, intensos, interminables. No sé si fue robado, furtivo, de encontronazo, o leve, tímido y lento. No sé a qué me supo. No sé, siquiera, si reinventarlo con palabras sacadas de poemas y esquejes de novela sentimental será igual, si me servirá como aquel para que prendan algunos amores más o florezcan otros besos. Con el recuerdo del beso he perdido todo eso, y a ti también. El beso venía unido a tu nombre, que ahora tampoco recuerdo. Por eso te escribo en este papel que dejo aquí, para que lo leas y dejes tu nombre escrito al pie o me llames al número de teléfono que anoto en el reverso.

Si lo lees, como espero, sé que me vas a matar.

lunes, 11 de julio de 2011

PARA ENTRAR ASÍ, SALVAJEMENTE,

De ESTE FILÓN DE DESAMPAROS

PARA ENTRAR ASÍ, SALVAJEMENTE,

Vaya por delante que yo

no soy poeta.

Y sin embargo fui

condenado a la poesía.

¿El cómo…?

Digamos que

a las 8 de una tarde,

(sin anotación en el calendario)

las palabras

del poeta

sonaron suaves

en el rincón más lastimoso

de la sala, justo a mi lado.

Y no las diferencié

de las otras, corrientes,

adecuadas para murmuraciones.

Vaya por delante que yo

no aprecio la poesía.

Sin decirlo, me has preguntado,

poéticamente,

si yo te amo.

Y no puedo responderte que

mi corazón se ha hecho pedazos,

o que mis dedos sólo

padecen

un vocablo obsesionado;

ni que mis ojos,

por la ausencia

de tu sombra,

hace tiempo que cegaron;

o que mis pies han desandado

los rumbos impensables

de muchos deseos impensados.

¡Si yo te amo!

Seguramente, no.

Creo yo que para entrar así,

salvajemente,

en tu pensamiento…

Dime

¿Cuánto durará lo preguntado?

CÉSAR VALLE

sábado, 9 de julio de 2011

LOS ADIOSES

Uno, que es esencialmente torpe, tardó en comprender que este asunto de la vida no tiene nada de descubrimiento sino mucho de adioses. Y uno, que es infatigablemente torpe, se empeñó en creer que esta derrota llamada vida tiene sus oportunidades. Hasta que uno, que es desalentadoramente torpe, se rindió a la evidencia y cambió su vida por una colección de calendarios (laborales, lectivos, vitales, sentimentales, ambientales...) y una fatiga tristona. Entonces uno, que es irremisiblemente torpe, perdió hasta la fuerza para perder las fuerzas; hasta...
Llegaron sus palabras de Avilés, de Córdoba, de Argentina, de Italia en demanda de palabras mías, sin que uno llegue a comprender muy bien por qué. Así que uno, que es permanentemente torpe, puso una fecha de arranque de otra oportunidad en ese calendario de alientos recién manuscrito y saltó a esta parte de los trazos y las líneas.
Prometo que en breve desearéis. torpes míos, no haberme movido a escribir, Luis, Graciela, Silvia, Isidro...

viernes, 17 de junio de 2011

Ya sólo veinticuatro días.


¡Los dedos se me hacen huéspedes! Y para bien o para mal, ya sólo restan veintidós días. Bien pensé que este plazo no se cumpliría.
Y todo esto mientras fuera fraguan el miedo para expandir la ignorancia.

jueves, 5 de mayo de 2011

FALTAN 65 DÍAS.

Faltan 65 días y esta cuenta atrás, salvo desgracias e imprevistos imperativos (o viceversa), es la buena y definitiva.

jueves, 10 de febrero de 2011

GRACIAS A TI POR ACORDARTE DE MÍ.

¡Qué grande es saberse presente en afectos y aprecios, más grandes que las distancias más grandes, mas duraderos que las fronteras leves del tiempo! Yo hoy me sé así. Y guardaré este instante entre los que no caducan.
¡Obligadamente, Graciela!

Discurso de Federico García Lorca al inaugurar la biblioteca de su pueblo.
Medio pan y un libro

Medio pan y un libro.

Locución de Federico García Lorca al Pueblo de Fuente de Vaqueros (Granada). Septiembre 1931.

"Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. ‘Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre’, piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.


Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?


¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.

Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: ‘Cultura’. Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz.

domingo, 16 de enero de 2011

La voz al teléfono

La voz al teléfono me dijo que se había derrumbado. “El corral de Fuente Fiesta se ha derrumbado”. ¿El corral? Pregunté por pura inercia. “Sí. El corral. El corral de tu padre. Bueno, tuyo. Se ha derrumbado”. Di las gracias por la información, mientras la voz mecánica precisaba “Como una bomba. Se ha derrumbado como si le hubieran puesto una bomba. Como si le hubiera caído una bomba desde el cielo.”

Pulsé en la pantalla dos veces y me senté. Me senté preocupado porque algo me decía que ese derrumbe debía provocar alguna reacción en mí, y no había ninguna. Era el corral de mi padre, el que me había dejado en herencia. Un corral sin uso; un corral de ganado, casi vacío y abandonado, situado al noroeste de la carretera que sube hacia el Teleno; un corral cerrado y que únicamente contenía una vieja cama de pastor derrengada, restos disecados de ramallo, de una poda sin fecha, algunas cuerdas podridas. Toda aquella nada caída. Pero la voz había dicho bien, el corral de mi padre. Me lo dejó, me lo regaló, pero nunca fue mío porque nunca volví a usarlo. Nunca desde hace muchos años. Tantos que ya no recuerdo exactamente cuántos. Pero ese corral siempre estuvo presente en los años que compartí con mi padre (durante una tormenta aterradora, en los fríos diciembres llenos de parideras y nieblas, en los merodeos de lobos invisibles, en los veranos de asfixiantes hedores a requesón rancio y abono en fermento). Cuando se cerró definitivamente el corral a mis sueños y mis enfados, el único que realmente lo padeció fue el Tigre, un mastín, que regresaba inútilmente hasta su puerta. Miraba triste aquel abandono y volvía a casa. Cuando un día no lo vimos volver, estuvimos seguros de que una edad completa había muerto, por simple abandono.

Mientras escribo esto, tengo la sensación insostenible de que el derrumbe de Fuente Fiesta ha sido el modo de despedirse definitivamente que ha tenido mi padre. Algo así como ese gesto fugaz de la mano que se alza un instante en algunos adioses. Me queda el recuerdo, claro; los recuerdos. Pero ya son de esa especie que no nos mantiene sino que nos arrastra. Es el recuerdo del tiempo que nos lleva, del tiempo y sus derrumbes. Mi esperanza la ocuparán ahora algunas zarzas y un bosquecillo de ortigas sobre la ruina de los sueños.

lunes, 3 de enero de 2011

Libro de Requiems. Mauricio Wiessenthal


Pues de un año a otro, me ha acompañado una de las lecturas más agradables que es posible tener entre manos. Este Libro de Requiems de Mauricio Wiessenthal es una auténtica delicia, un viaje intemporal por los lugares de nuestra cultura, muy ignorada, pese a su notoriedad y por los contenidos más sensibles, aquellos que nos hurtan los llamados medios de comunicación, auténticos púlpitos modernos al servicio del comercio libresco.
He tardado en descubrir este nombre y esta escritura, pero ha sido una delicia esa dilación. Ha sido una suerte cruzar con él en las manos este decenio, llevado por la lentitud, la lejanía y la suave melancolía de sus líneas.
Yo lo he disfrutado.

GENTE TRISTE

Hoy he sumado a este lugar el blog de Julia Díez Velázquez, GENTE TRISTE. Seguir la labor de Julia es una suerte y una labor muy grata. Gente triste, cómo ella dice, es una distinción, un honor que condecora a unos pocos que merecen ese calificativo y esa distinción en este mundo de alegría monstruosa, insensible e inútil.