entre las risas prietas,
hay dos tristes iniciales
con restos de aquella urgencia,
de aquel susto soberano
que escribimos en las piedras
Por si tú quieres. Te sugiero algo sobre un libro. Te sugiero que me sugieras otro. Te sugiero volvernos librescos, o simplemente leer. Te sugiero ignorar planes para leer. Te sugiero perdernos entre las páginas de ese mundo caduco y real que es distinto aunque lo caminemos juntos. Te sugi...
entre las risas prietas,
hay dos tristes iniciales
con restos de aquella urgencia,
de aquel susto soberano
que escribimos en las piedras
Tampoco sucederá nada mañana,
ya lo verás. Y tendremos que soportar
otra tarde incandescente en los bordes
de la fecha anodina, que pasa interminable
ante nuestras narices. Y hundiremos
las manos en los bolsillos vacíos
y profundos de la noche. Y volveremos
a asombrarnos con esa moneda
gris, en medio del charco,
que nos ahorra sueños inútiles.
Tampoco sucederá nada mañana,
y te besaré al modo lento
con que adelantamos a los trenes
que caminan a oscuras
por mis sueños sin palabras.
César Valle.
Esta carta, ahora lo sé, debería haber llegado ya a tus manos antes de que se abatieran sobre mi vida los silencios y antes de que se secaran los charcos hurtados a la infancia, pero no lo hizo. La retuvo, estoy seguro, un revuelo de suspiros, hurtados al latido de los vientos. Y si en este momento la juzgan, silenciosa mente, tus pupilas es porque una apremiante memoria te busca desde su fondo para acomodarte en las dimensiones de una descripción exacta. Te definen: una mirada dañada por tanta insistencia en lograr arrepentimientos ajenos; una sordera sobrevenida por los pulsos perdidos en probables recuerdos; la mudez de tus dedos, amantes sinceros y amarillos de todos los despechos, incluidos los innombrables; el color violáceo de la línea de tu sonrisa recién adquirida; el miedo tibio de tus sueños pulcramente recortados; tu pelo recogido; la cintura perdida en un contorno incierto tu blusa que conquista las miradas que no pretendo.
Esta carta, ya lo ves, pertenece a ese desván donde se embotan las caricias y se rinden las sonrisas al incondicional enero. Nunca te llegará, nunca. Pero has de saber que siempre deseó volar de mi mano a tus pechos y hoy, por fin, esto no lo leas ¿Qué te estaba escribiendo?
Yo ya no salgo de noche.
Han cerrado el bar donde
nos encontrábamos. Sí,
ese donde yo te acechaba
madrugadas completas y tú
ignorabas mi presencia.
Yo ya no salgo de noche
a rellenar copas con
tu nombre, a beber
esa voz tuya que jamás
responde. A repasar
labios perlados de vasos
o sorbos incongruentes
de otras conversaciones o
esos abandonos definitivos
que he fingido en mil
ocasiones.
Yo ya no salgo de noche.
Alguna tarde aguardo
donde el reloj, en esa
farola donde paran las
horas y vienen
retrasos y puntualidades
y citas que nunca me reconocen.
Yo ya no salgo de noche
a amar tu quimera,
y borracho de sueño
pronuncio tu nombre,
pronuncio tu nombre,
pronuncio tu nombre
hasta el reverso del mundo
donde suena
en labios de otro hombre.
Sé que me vas a matar cuando te enteres ¡Me vas a matar!. He perdido el recuerdo, el recuerdo de nuestro único beso. Mío fue el primero, ya lo sabes. Y con la pérdida me ha venido la desgracia de olvidar su verdadera importancia. Una desgracia porque ¿Cómo hablaré ahora de eso con nadie? o ¿De qué hablaré si ya no tengo el recuerdo del beso?. Ese beso era el centro de nuestras conversaciones cada vez que nos encontrábamos. Uno, sólo uno, pero tan nombrado, explicado, recordado que casi llegué a componer con él una larga historia de amor, con sus quiebras, con sus adioses, con sus reencuentros. Creo que llegué a exagerar. Y a ti nunca te pareció mal. Me seguías el hilo de esa historia posible. Disfrutabas tanto como yo.
Ahora ya no sé si fue un beso torpe y fugaz o uno de esos, intensos, interminables. No sé si fue robado, furtivo, de encontronazo, o leve, tímido y lento. No sé a qué me supo. No sé, siquiera, si reinventarlo con palabras sacadas de poemas y esquejes de novela sentimental será igual, si me servirá como aquel para que prendan algunos amores más o florezcan otros besos. Con el recuerdo del beso he perdido todo eso, y a ti también. El beso venía unido a tu nombre, que ahora tampoco recuerdo. Por eso te escribo en este papel que dejo aquí, para que lo leas y dejes tu nombre escrito al pie o me llames al número de teléfono que anoto en el reverso.
Si lo lees, como espero, sé que me vas a matar.