Por si tú quieres. Te sugiero algo sobre un libro. Te sugiero que me sugieras otro. Te sugiero volvernos librescos, o simplemente leer. Te sugiero ignorar planes para leer. Te sugiero perdernos entre las páginas de ese mundo caduco y real que es distinto aunque lo caminemos juntos. Te sugi...
jueves, 7 de julio de 2011
miércoles, 6 de julio de 2011
viernes, 17 de junio de 2011
Ya sólo veinticuatro días.
jueves, 5 de mayo de 2011
FALTAN 65 DÍAS.
jueves, 10 de febrero de 2011
GRACIAS A TI POR ACORDARTE DE MÍ.
Medio pan y un libro
Medio pan y un libro.
Locución de Federico García Lorca al Pueblo de Fuente de Vaqueros (Granada). Septiembre 1931.
"Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. ‘Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre’, piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.
Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.
No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.
Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?
¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.
Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: ‘Cultura’. Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz.
domingo, 16 de enero de 2011
La voz al teléfono
La voz al teléfono me dijo que se había derrumbado. “El corral de Fuente Fiesta se ha derrumbado”. ¿El corral? Pregunté por pura inercia. “Sí. El corral. El corral de tu padre. Bueno, tuyo. Se ha derrumbado”. Di las gracias por la información, mientras la voz mecánica precisaba “Como una bomba. Se ha derrumbado como si le hubieran puesto una bomba. Como si le hubiera caído una bomba desde el cielo.”
Pulsé en la pantalla dos veces y me senté. Me senté preocupado porque algo me decía que ese derrumbe debía provocar alguna reacción en mí, y no había ninguna. Era el corral de mi padre, el que me había dejado en herencia. Un corral sin uso; un corral de ganado, casi vacío y abandonado, situado al noroeste de la carretera que sube hacia el Teleno; un corral cerrado y que únicamente contenía una vieja cama de pastor derrengada, restos disecados de ramallo, de una poda sin fecha, algunas cuerdas podridas. Toda aquella nada caída. Pero la voz había dicho bien, el corral de mi padre. Me lo dejó, me lo regaló, pero nunca fue mío porque nunca volví a usarlo. Nunca desde hace muchos años. Tantos que ya no recuerdo exactamente cuántos. Pero ese corral siempre estuvo presente en los años que compartí con mi padre (durante una tormenta aterradora, en los fríos diciembres llenos de parideras y nieblas, en los merodeos de lobos invisibles, en los veranos de asfixiantes hedores a requesón rancio y abono en fermento). Cuando se cerró definitivamente el corral a mis sueños y mis enfados, el único que realmente lo padeció fue el Tigre, un mastín, que regresaba inútilmente hasta su puerta. Miraba triste aquel abandono y volvía a casa. Cuando un día no lo vimos volver, estuvimos seguros de que una edad completa había muerto, por simple abandono.
Mientras escribo esto, tengo la sensación insostenible de que el derrumbe de Fuente Fiesta ha sido el modo de despedirse definitivamente que ha tenido mi padre. Algo así como ese gesto fugaz de la mano que se alza un instante en algunos adioses. Me queda el recuerdo, claro; los recuerdos. Pero ya son de esa especie que no nos mantiene sino que nos arrastra. Es el recuerdo del tiempo que nos lleva, del tiempo y sus derrumbes. Mi esperanza la ocuparán ahora algunas zarzas y un bosquecillo de ortigas sobre la ruina de los sueños.
lunes, 3 de enero de 2011
Libro de Requiems. Mauricio Wiessenthal

Pues de un año a otro, me ha acompañado una de las lecturas más agradables que es posible tener entre manos. Este Libro de Requiems de Mauricio Wiessenthal es una auténtica delicia, un viaje intemporal por los lugares de nuestra cultura, muy ignorada, pese a su notoriedad y por los contenidos más sensibles, aquellos que nos hurtan los llamados medios de comunicación, auténticos púlpitos modernos al servicio del comercio libresco.GENTE TRISTE
jueves, 30 de diciembre de 2010
Me han dicho que se va
lunes, 27 de diciembre de 2010
Consejos
martes, 7 de diciembre de 2010
perdido bajo la luz
Tras tanto y tanto buscar,
de una en otra presencia
cansado, perdido bajo la luz
melancólica de las farolas
que me sacaban de la ciudad
cada atardecer,
intuí tu nombre con sabor a hierba.
Y cuando al fin te encontré
y supe que me esperabas
y alcancé el dulzor de tus palabras
y tus ojos despiertos a deshora,
estabas en el otro extremo del mundo,
en la otra esfera del tiempo.
lunes, 6 de diciembre de 2010
sin apenas conocerla.

Me perdieron sus ojos de lluvia
sin apenas conocerla.
Podría decir que fue una tarde gris,
una tarde de esas que maduran
en la rama más alta de la melancolía.
Y no fue así.
La conocí mientras repasaba,
adormilado,
las caras preocupadas observándome
a la luz cenicienta que se extinguía.
Sus ojos de lluvia me perdieron
y yo que la perdía
ando buscando su luz herida.
jueves, 2 de diciembre de 2010
No he llegado nunca a tiempo...
Sabes, crepúsculo, yo, a mi edad,
no he llegado nunca a tiempo de besar
la boca largamente equivocada
y sin embargo siempre me pesaron
los golpes contenidos de ira
contenida en bofetadas perdidas,
para poder contárselos, balance
de mi vida, a quien pueda interesar,
desde el lado derecho de mi banco.
Repasando el recuerdo, diré en mi descargo
que ella me amó pese a todo,
(paso página)
y no lo sabía, mientras agotaba
su historia infantil.
(leo entre líneas)
Me enfurece entre tanto el recuento
inacabable de las cosas
que ahora tampoco podrán ser.
¡A la mierda la espera!
Sabes, crepúsculo, su piel
se enfurecía, aromática y tierna,
cuando acometíamos las caricias secretas.
Y sus labios me rompían
pronunciando mis nombre de yeso,
mientras me acuclillaba temblando
entre sus espejuelos.
¡Sabes, crepúsculo, ahora soy viejo,
pero recuerdo que su pelo…
