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sábado, 15 de octubre de 2011

¿Y si me equivoqué?

¿Y si me equivoqué? Si cuando te declaré mi amor, mi pasión mayúscula, sólo me precipité y con ello te impedí encontrar el tuyo, el verdadero, ese que llaman eterno, verdadero, ¿cómo podré deshacer el error? Y qué, si lo que te propuse no era una pasión sino la impaciencia ante el fin de un plazo, de un plazo impuesto por la fuerza de la costumbre general y ajena. Y qué, si te estafé la risa del placer, el abandono de la felicidad total, la médula de tu vida, a cambio de un sucedáneo de vida en pareja. Eso sí, un sucedáneo debidamente equipado de facturas, mocos, zozobras, privaciones e inseguridades que no figuraban en ningún catálogo amoroso. Entonces, qué.
¿Lo solucionaré con palabras de disculpa a destiempo? ¿Qué valdrá tanto que pague los verdaderos besos perdidos? ¿y los no verdaderos compartidos? ¿Habrá sacrificio más inútil e irreversible que el de tratar las ilusiones adolescentes quebradas? ¿o lo solucionaré desapareciendo simplemente? ¿simplemente otorgándole esa imposible nueva oporunidad?

jueves, 2 de diciembre de 2010

No he llegado nunca a tiempo...

Sabes, crepúsculo, yo, a mi edad,

no he llegado nunca a tiempo de besar

la boca largamente equivocada

y sin embargo siempre me pesaron

los golpes contenidos de ira

contenida en bofetadas perdidas,

para poder contárselos, balance

de mi vida, a quien pueda interesar,

desde el lado derecho de mi banco.

Repasando el recuerdo, diré en mi descargo

que ella me amó pese a todo,

(paso página)

y no lo sabía, mientras agotaba

su historia infantil.

(leo entre líneas)

Me enfurece entre tanto el recuento

inacabable de las cosas

que ahora tampoco podrán ser.

¡A la mierda la espera!

Sabes, crepúsculo, su piel

se enfurecía, aromática y tierna,

cuando acometíamos las caricias secretas.

Y sus labios me rompían

pronunciando mis nombre de yeso,

mientras me acuclillaba temblando

entre sus espejuelos.

¡Sabes, crepúsculo, ahora soy viejo,

pero recuerdo que su pelo…