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martes, 20 de marzo de 2012

¿Cuántas palabras cuesta la vida?

¡Pero todavía estáis aquí parados mirando a esta nada! ¡No es suficiente haber visto que ya se me agotaron las palabras! ¿Qué esperáis? ¿Qué venís a mirar alelados por si sucede lo que ya no va a suceder? ¿Cuántas palabras necesitáis para no volver aquí jamás?
Es posible que nunca contestéis (me trae sin cuidado) y os quedéis ahí, únicamente observando en callado, pérfido, acecho. Decidme si necesitáis alguna explicación al silencio; no la tengo, pero me presto a inventarla. Y será convincente. Será convincente como todas las mentiras. Será convincente como el misterio inexistente que esperáis desvelar. Será más creíble que si simplemente os digo que no hay nada que decir, que salvo dos trivialidades, nada se me alcanza que os pueda brindar. Sé que si dijera esto sólo alimentaría vuestras sospechas de que quiero ocultar algo que me devasta, o algo que me obliga a callar. Y, en cambio, es todo tan simple. No digo nada, porque nada de lo que diga merece ya la pena. Las palabras de la vida que tenía a mano han caducado, únicamente aguardo a oír las de otros, las de cualquiera. No lo dudéis, gasté las palabras de amor, si alguna vez las tuve; gasté las palabras de consuelo; perdí las que se dedican a los amigos y hasta las de rencor y odio. Me quedan, mirad, palabras que valen no más que para comprar pan, dar los buenos días y contar minucias diarias. Me quedan unas pocas palabras muy bonitas, pero que ignoro a qué las puedo aplicar. Por eso tampoco las pondré aquí.
Marchad, marchad ya. No esperéis nada. Si alguna vez vuelvo y escribo, espero no encontraros aquí. Marchad.

domingo, 1 de enero de 2012

YA ESTÁ AQUÍ.

Finalmente han traído el año. Casi en volandas nos lo hizo llegar una mujer alta, de gesto decidido y manos impacientes. Lo ha dejado en el suelo, sin ceremonias. Es un año ya empezado, poco agraciado pero con pinta de hacerse querer. Tiene un aire de torpe desvalimiento y un aspecto entre sorprendido e ingenuo. Se ha acercado al rincón donde se amontonan las manzanas reinetas y anda olisqueándolas.

sábado, 31 de diciembre de 2011

VENCE EL PLAZO

Empieza a anochecer y el hombre que trae el año nuevo no ha llegado. Por fortuna, la noche es clara a pesar de esas nubes sucias que andan presagiando nieve. Pero no nevará. Un viento helador retiene los copos en sus huecos de cristal y duerme el humo de las chimeneas más rezagadas.
El camino sigue vacío, el plazo vence y no hay señal del hombre que ha de traer el año.

domingo, 18 de diciembre de 2011

LA HUBIERA

La Hubiera es la casa que de huéspedes de Platadilla. Nunca se construyó, pero sería magnífica su ubicación allí si la hubiera. Por eso se llama así. Estos días anda en revuelta constante. Un trasiego incesante de apremios para disponer las alcobas y las salas que han de acoger a los invitados que llegarán en san Esteban.
En el ir, las cofias abrillantan los cristales de la galería que miran al pinarillo de Vaciamorales. En el venir, las cofias secan y disponen la loza en los vasares y las cuberterías de alpaca, recién lustradas, sobre los lienzos espesos. Toda la mansión templa piedras y caldea ambientes, del vestíbulo a los desvanes, de la biblioteca al cenador de deshoras.
Se han encendido los faroles del caminillo de la carretera y el guarda tras la cancela espera la llegada de los cocheros que salieron hace varios amaneceres con sus galeras y coches de punto urgente. En la carretera no suenan hierros ni pezuñas ni juramentos ni voces. La loma está despejada. Las nieblas duermen en lo profundo de los arroyos.
La Hubiera se enciende sobre el pardo del anochecer. Faltan pocos días.

sábado, 10 de diciembre de 2011

DICKENS EN PLATADILLA.

Desde la pared noroeste de Platadilla no se ve el margen izquierdo del Támesis los días de niebla intensa. Don Carlos pasea arriba y abajo a lo largo de la línea de piedras; abajo y arriba, y vuelta a empezar. Se detiene junto al portillo y husmea desde allí el olor de betunes que sube desde el río podrido. Entonces anota algo sobre una losa, con una caligrafía lenta y persistente. Firma Dickens, siempre, pero se abstiene de rubricar el apellido. Alza otra vez la barbilla, reta la cumbre azuleante del Teleno y el viento que le descoloca las ondas del cabello, cuidadosamente asentadas, le arranca unas lagrimillas insípidas. Asienta los pulgares en los segundos bolsillos del chaleco y vuelve a pasear junto a la pared dictando a la hierbaloca la sentencia del mundo:
"Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al..."

Cada enero el señor Dickens, don Carlos, regresa a Platadilla para recoger las letras que quedó a deber a Peggoty, para resembrar el silencio que hurtó a sus editores.

viernes, 2 de diciembre de 2011

PLATADILLA

Platadilla linda por tres cuartos del oeste con la bisectriz que baja las friuras de la montaña azul; por el sur, con la vista del montecito que cuida el vertedero; casi limita por el este con las agujas de la catedral rosa, más arriba de la primera carballeda.
Platadilla tiene tres clases de hierbas no comestibles para ninguna especie, una larga murallita de piedras desiguales que a cada rato bajan a buscar las zarzas y un árbol que creció, contra toda probablilidad, en el único sitio que no se le esperaba.
Platadilla no es un praderío, ni un predio, ni una cota, ni un pago. Es el país donde siguen ocurriendo las invasiones agraces de los dientes de leche y de la escarlatina. Es la tierra prometida adonde llegan casi nunca tantos éxitos imprevistos.
Yo soy de allí, estoy allí, habito allí y ya no he vuelto a vigilarla desde las almenas septentrionales. No os espero.

domingo, 27 de noviembre de 2011

El Cimbre

La cuesta del Cimbre se escurre mansa, silenciosa hasta los salgueros del río. A su derecha, siete fincas en barbecho; a su izquierda, restos de dos viñas que escardan un par de cuervos viudos, y ya cerca del río restos del castillo de la vieja noria. Enseguida el puente, y las paleras, y el cauce de piedras que está a punto de visitar el río.
Por el otro lado, la cuesta del Cimbre casi no se llama así y desciende en un zizagueo retozón hacia la promesa de trigales en sueño que acunan la entrada de Morales. El día se está enfriando en el color de las cinco de la tarde y ya no quedan ruidos que llamen a los pájaros o consuman a las ovejas en la loma. El galforro no ha salido hoy a volar.

NI FALTA QUE OS HACE

Ya sé, ya sé. Nunca debí dejar el pueblo. En realidad, nunca debí dejar los campos, los surcos, los adiles y las cuestas. Lo mío -siempre lo he sabido- son las solaneras y los embriegos, el andar delante a las cancinas y las parideras, y el andar detrás a las rabonas y las colirrojas. Un día leí un libro y ya me engañé para siempre. Bajé la vista y se me pintó que andaba en las llanuras del Pérgamo de grandes puertas, otra vez entre los calafates y las viejas fábricas de brea del londres de molde. En realidad, lo único que siempre he sabido leer medianamente es la llamada del invierno en las zarzas del vago raso, o la marcha de las mieses en el baile de los grillos viejos. Ahora sé que pagué aquel dinero para olvidar las palabras que me servían de algo, para cambiarlas por estas que parecen mías pero son de otros a los que no entiendo, a los que no aprecio.
No volveré al pueblo. Volveré solo a la solanera del cruce, y levantaré la pared del corral viejo. Allí me encontraréis. No. No me encontraréis. Ya no me dejaré encontrar. No estaré para nadie. Ni falta que os hace.