sábado, 27 de febrero de 2010

TE VI Y...

La primera vez que te vi no me di cuenta de que tenías las manos pequeñas. Es verdad, aquella vez sucedió así, casi sin mirarte. Como en esos repasos fugaces con que los ojos barren las imágenes de un panorama para no recordarlas. De esa primera vez conservo tu impresión desasosegante. Un perfil grabado en la retina que no se borró ni con el sueño de tres noches. Por ese contorno supe que tenías las manos pequeñas y que no era probable que llegaras a amarme.

Volví a mirarlas, mientras escribían no sé qué. Pequeñas e impacientes, asfixiaban al bolígrafo, lo exprimían, lo torturaban infatigables por una senda de trazos veloces, ajenos como las nubes del pasado verano. De pronto, se detenían a pensar y se agitaban. Inesperadamente, frotaban las yemas. La materia del pensamiento regresaba. Volvían a escribir.

Finalmente encontré una de tus manos durante un saludo, un apretón cortés, una presentación necesaria que me trajo la certeza de haber llegado a la frontera que nunca traspasaríamos. Creo que era la mano izquierda. La derecha estaba vendada. Recuerdo que se demoró algo más de lo necesario apretando mi mano. La falta de costumbre.

A partir de ahí tus manos desgranaron para mí el mejor repertorio de caricias que encontré por mis sueños. Las compuse y recompuse con tactos diferentes, con frías ternuras, con desleídas fragilidades. Repasando lentas un centímetro de piel. Traspasándome audaces. Sosteniéndome sensibles el mentón.

Te he visto de nuevo. Sé que esta será la última vez. Y no me duele no volver a verte ni el no poder decirte ya lo que hice por ti. Sólo me queda el pesar de no contemplar tus manos en este fragmento final, al desviar los ojos.

7 comentarios:

Noe. dijo...

Hala, qué bonito... Pero a mí me dolería no volver a contemplarlas.

AVELLANEDA dijo...

a lo peor eso es lo bueno. Sobre todo si una parte es verdad.

Graciela L Arguello dijo...

Otra vez, Avellaneda, tus palabras son como nacidas en mi propia historia.
Porque recuperaste en mi memoria a una persona de la que cometí el error de no enamorarme, que siempre decía "¡qué chiquitas son tus manos!..."

Un beso Graciela

AVELLANEDA dijo...

Esos errores son muy comunes, pero dejan bonitas historias. Me alegro de volver a leer tus comentarios.
Saludos. Avellaneda

mafalda dijo...

Bonita , una historia de algo que no sucedió, que no sucederá nunca???

AVELLANEDA dijo...

La mayoría de las historias, por suerte para la humanidad, sólo existen en esa dimensión de la fantasía, del deseo, de lo posible improbable. Pero, en cualquier caso existen.

mafalda dijo...

si, EXISTEN, y perduran en la imaginación y en el deseo, y necesitamos mantenerlas vivas, porque cuando la imaginación y el deseo no existe,,,, sentimos que nos morimos.