Carta a mis amigos
Os pido disculpas por la desaparición. Hubiera querido ir a recorrer las orillas de Ceide en otoño, pero cometí el error de volver a mi pueblo. ¡Tan bonito! ¡Tan despoblado! Con aquella casa vacía y restos huecos por todas partes, y frío, un frío viejo y desdichado. Por un paseo de una hora, semanas de melancolía. Cosas de la serotonina, según he oído decir. Después, he andado a escobazos con todos aquellos fantasmas. Y lavándome la melancolía de las manos y del bolígrafo.
El resto es otro intento de escritura que probablemente se llamará “Misericordia, 13, entresuelo”. O algo así si es que llega a verse acabado como tal. También he aprovechado para leer un poco. Algo de Eduardo Mendoza, otro libro de un autor poco conocido (otro aspirante a worstseller y algunos poemas antiguos de Luis Miguel, pocos, mezclados con un dedal de ginebra y restos de jazz que aparecieron en una emisora al azar.
En fin, disculpadme pero es noviembre, y noviembre siempre me la juega. Se lo agradezco porque me devuelve a la realidad, a esta realidad que no contiene ningún otro mes, ningún otro instante. Es como una cura que, a cambio, me permite disfrutar de olores, de sabores, de… del reino de los sentidos en pleno. Lo malo es que ese disfrute cada vez tiene más que ver con recuerdos que con realidades. Ley de vida, supongo.
Os pido disculpas, amigos, pero he vuelto, porque no me ha quedado más remedio que volver.